Sí. El Corán no es meramente un conjunto de palabras recitadas; es una realidad vivida y una luz eterna.
Cuando el Corán pasa de tu lengua a tu corazón, deja de ser solo sonido y se convierte en visión. Se transforma en la lente a través de la cual contemplas el mundo, en la brújula que sigues en la oscuridad y en la verdad en la que te apoyas cuando todo lo demás parece inestable.
Y esa luz no se desvanece. No es prestada. Está arraigada en tu interior: una luz proveniente de Dios que crece con tu sinceridad, tu reflexión y tu práctica. Cuanto más vives conforme a ella, con mayor intensidad resplandece.
En la tumba, cuando todas las demás luces se apagan —la luz de la fama, de la riqueza, de la compañía e incluso la del propio sol—, esta luz permanece. Es la luz del *īmān* (fe), alimentada por el Corán que has interiorizado. Es lo que habla por ti cuando ya no puedes hablar por ti mismo. Es lo que transforma la soledad en intimidad con lo Divino, y la oscuridad en un amanecer que aguarda.
Por tanto, la verdadera labor no reside simplemente en recitar el Corán, sino en permitir que el Libro de Dios moldee tus decisiones, ablande tu corazón, rectifique tu camino y se asiente en tu alma como una luz permanente e inmortal.
Esa luz interiorizada es tu verdadera provisión para el viaje eterno.
Que Dios haga del Corán la primavera de nuestros corazones, la luz de nuestros pechos, el remedio para nuestras penas y el compañero de nuestra soledad: en esta vida, en la tumba y por toda la eternidad.
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