
Fue por ello que en el año décimo de la Hégira —el último de su noble vida— el Mensajero de Dios (PB) se unió a la peregrinación a la ciudad santa de La Meca. El motivo era difundir la noticia sobre su sucesor, dado que participaría posiblemente el mayor número de musulmanes reunidos hasta ese momento, pues todos trataban de unirse a él en el viaje de la peregrinación desde la misma ciudad de Medina (donde residía), para obtener el mayor mérito posible viajando con el Noble Mensajero (PB), aprendiendo directamente de él los ritos, y cumpliendo así esta obligación islámica con su santa presencia.
Partió esa gran caravana —integrada por emigrados, auxiliares y otros musulmanes— con su Profeta (P), de Medina hacia La Meca.
Después de concluir con la obligación de los ritos de la peregrinación de ese año, que se comenzó a llamar «peregrinación de la despedida», se despidió el Mensajero (PB) de la sagrada casa de Dios para volver a Medina, y con él hizo lo propio esa enorme multitud de peregrinos, que alcanzaba un número entre 90 y 120 mil.
Partió la enorme caravana atravesando valles y desfiladeros hasta que llegó a una planicie desierta y árida en la cual hay un arroyo (Ghadir) llamado «Jum». Entonces descendió Gabriel (P) —el ángel de la Revelación— ante el Mensajero de Dios (PB) y le ordenó detenerse en ese lugar, y así lo ordenó a su vez el Profeta a la caravana y a sus compañeros, y esperaron allí a que se les unieran los que se habían rezagado.
Esta sorpresiva detención se produjo en una planicie ardiente, bajo el calor implacable de un sol brillante de mediodía, lo que asombró a los viajeros pues no había forma de guarecerse del terrible calor. No pasó mucho rato que se difundió la noticia de que el Mensajero de Dios (PB) había recibido del Ángel de la Revelación, la explícita orden divina, para que comunicara esto a los musulmanes: «¡Mensajero! ¡Transmite lo que te fue revelado por tu señor, pues si no lo haces no habrás comunicado en absoluto su Mensaje! Dios te protegerá de la gente. Dios no guía al pueblo impío» (Corán, 5:67)
Finalmente la muchedumbre así reunida cumplió con la plegaria obligatoria del medio día junto al Profeta (PB), y luego este se dispuso a cumplir con la trascendente directiva divina; cuando ya la multitud había llenado la planicie y esperaba el desenlace de ese gran evento histórico, el Profeta (PB) subió a un estrado que había sido improvisado con monturas de camellos, desde donde podía ser visto y escuchado por la muchedumbre.
Entonces los arengó con celestial inspiración en esa vasta explanada, y el que escuchaba su voz y entendía lo transmitía a quien no podía hacerlo. Después de la alabanza y exaltación a Dios Todopoderoso y Sabio, dijo: «¡Gentes! Pronto seré llamado (a dejar este mundo) y responderé. Seré interrogado y vosotros lo seréis, ¿qué decís pues?»
Respondieron: «Testimoniamos que has comunicado (el Mensaje divino), que te has esforzado y has aconsejado el bien, y que Dios te recompense por ello con el bien.»
Dijo el Profeta (PB): «¿No testimoniáis que no hay divinidad sino Dios y que Muhammad es su Profeta y Mensajero, que el Paraíso es realidad, que el fuego del Infierno es realidad, que la muerte es realidad, que la resurrección después de la muerte es realidad, que la hora (el Juicio Final) es inminente y no hay duda en ello, y que Dios levantará (resucitará) lo que hay en las tumbas?.»
Respondieron: «Por cierto que sí, testimoniamos todo eso.»
Luego, el Profeta Muhammad (PB) continuó diciendo: «Os interrogaré cuando retornéis a mí (el Día del Juicio) sobre las dos joyas preciosas (az-zaqalain) sobre cómo las habéis tratado en mi ausencia. La joya mayor es el Libro de Dios (el Corán) majestuoso y poderoso, uno de cuyos extremos esta con Dios Altísimo, y el otro en vuestras manos: aferraos a él y no os extraviaréis ni erraréis. Y mi descendencia, la Gente de mi Casa [es la otra joya]. Sobre esto me ha informado el Sutil: no pasarán hasta que retornen a mí en Al-Haud» (la fuente del Paraíso en que el Profeta dará de beber como bienvenida a los creyentes fieles, después del Juicio Final).
Luego llamó a Ali (P), tomó su mano y la elevó para que lo viera la gente, enseguida dijo: «¡Gentes! ¿Quién tiene primacía entre vosotros antes que vosotros mismos?.
Contestaron: «Dios y Su Profeta saben más.»
Entonces siguió diciendo el Profeta: «De quien yo sea su moulâ (guía, maestro, protector), Ali es su moulâ. ¡Dios mío! sé amigo de quien sea su amigo, y enemigo de su enemigo, y auxilia a quien lo auxilie, y humilla a quien lo humille, y haz morar la verdad con él donde se encuentre.»
Y después de pronunciar estas palabras pidió: «Que el presente lo comunique al ausente.»
Y fue desde luego Ali (P) el investido ese día con la función de Imam y con la obligación de guiar a la ummah. Se eligió así para la conducción de los musulmanes al hombre más apto para ello en el conocimiento del Islam; alguien que era un tesoro de las ciencias y un manantial de virtudes. Con la comunicación de la cuestión del imamato, el Mensajero había entonces completado la evidencia para la ummah hasta el Día de la Resurrección: «Hoy os he perfeccionado vuestra religión, he completado Mi gracia en vosotros y Me satisface que sea el Islam vuestra religión.» (Corán, 5:3)
El Mensajero dejó entonces el lugar mientras la proclamación de los takbir resonaba en el aire y la gente expresaba su alegría y satisfacción por la wilaiah (autoridad) de Ali (P). Se acercaban a él un grupo tras otro para expresarle su beneplácito y conversaban acerca de su autoridad sobre los creyentes.
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