
En la «Guerra de los Doce Días», no se atacaron únicamente unos pocos centros militares o nucleares ni a determinadas personalidades; el objetivo de un ataque a gran escala era, en realidad, la idea de un Irán fuerte e independiente, con influencia en el equilibrio de poder regional. La serie de operaciones militares, guerra psicológica, operaciones mediáticas y presión política que se sucedieron simultáneamente demostró que el objetivo no era simplemente infligir daño físico. En un nivel más profundo, se buscaba modificar el comportamiento estratégico de la República Islámica y obligar a Irán a aceptar un orden impuesto por otros en la región.
Esa guerra también transformó algunas ideas arraigadas sobre el equilibrio de poder en la región. Durante años, muchos analistas occidentales y regionales creyeron que el equilibrio de seguridad en Oriente Medio estaba determinado principalmente por actores transregionales y que las potencias regionales se veían obligadas, en última instancia, a adaptarse a este orden. Sin embargo, los acontecimientos de esos doce días demostraron que ningún plan de seguridad sostenible para la región puede implementarse ni siquiera concebirse sin considerar el papel y la posición de Irán. Lo que estamos presenciando es un proceso trascendental destinado a alterar el equilibrio global para siempre.
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